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EL LIBRO DE LOS
SABIOS
Con las manos enlazadas en
la espalda, el joven de la mirada
soñadora paseaba por la vereda de las
lilas en compañía de uno de los que
fueron amigos del
jardinero.
Su interés por el hombre
al que hubiera deseado tener por maestro
le había llevado a buscar la conversación
con aquellos que le habían conocido más
de cerca, preguntándoles por anécdotas y
diálogos mantenidos con él, con la
esperanza de cosechar todos los frutos
posibles del tiempo pasado en aquellas
tierras.
—El jardinero era un
hombre normal y corriente —decía el
amigo—. No mostraba la gravedad de los
doctos, ni la mansedumbre dulzona que
muchos esperan en los que creen cercanos
a Dios. Podía ser grave cuando lo pedían
las circunstancias o cálido y afectuoso
cuando alguien necesitaba el abrazo de un
amigo. Pero también era divertido y
bromista, silencioso en ocasiones y
locuaz en otras, y, como todo el mundo,
mostraba a veces sus dudas y sus
tristezas.
»Era un hombre normal en
todos los aspectos —añadió con una
sonrisa—. Aunque es cierto que había algo
extraño en él que no le pasaba
desapercibido a nadie. A unos les
provocaba rechazo, a otros miedo, a otros
respeto, pero a los más simpatía y
atracción. Unos te dirán que ese algo
extraño era su transparencia, otros que
su luz... Yo creo que él se reiría de
todo eso y te diría, simplemente, que era
un ser humano, con sus virtudes y sus
defectos, un ser humano que buscaba
fundirse con la Vida.»
El joven soñador mantenía
la mirada fija en el camino, sumergido en
su imaginación, dándole cuerpo y
dimensión a todo lo que estaba escuchando
de aquel hombre.
—Sé que has venido
buscándole para aprender de él —continuó
el hombre—, y que ha sido una desilusión
para ti no haberle encontrado. Pero,
conociéndole como le conocí, tengo por
seguro que te habría dicho que él
realmente no te hacía ninguna falta, que
todo lo que te hubiera podido enseñar
estaba ya a tu alrededor.
»Él decía que toda la
sabiduría, todos los secretos y los
misterios de la existencia, se
encontraban a la vista, en la Naturaleza,
y que ese era el motivo por el que había
tan poca gente que los descubriera, pues
pocas personas podían llegar a creer que
todo fuese tan visible, abierto al
estudio y la contemplación de
todos.
»Decía que la Naturaleza
es el libro mudo de los sabios, que en
ella está todo lo que un hombre puede
aspirar a conocer. Y fue según ella como
hizo el jardín, concentrando las
especies, las fragancias, los colores,
las texturas, en un solo vergel;
disponiéndolo todo según un sistema
armónico y natural; intentando llevar a
su culminación a la Naturaleza, pero sin
pretender jamás que hubiera algo malo o
erróneo en ella.
»Decía que jamás había que
doblegar a la Naturaleza según nuestros
caprichos, sino más bien colaborar con
ella para que perfeccionara sus frutos, y
así, beneficiarnos mutuamente todos los
seres.”
El hombre calló por un
instante y dejó vagar su mirada por el
jardín, como recordando los momentos
pasados junto al jardinero en aquel mismo
escenario.
—¿Y si uno no entiende el
lenguaje de la Naturaleza? —rompió el
silencio el joven— ¿Qué puedo hacer si no
sé leer este libro de los sabios que el
jardinero concentró en el
jardín?
El hombre sonrió, y en su
mirada se reflejó la simpatía que
despertaba en él el anhelo sincero de
aquel joven.
—No lo sé, muchacho —dijo
al fin—. No soy yo el
jardinero.
El joven bajó la cabeza
con un gesto que denotaba que comprendía
la situación. El hombre lo observó por
unos instantes y, compadeciéndose de él,
continuó:
—El jardinero me dijo una
vez algo muy hermoso, y que recuerdo casi
palabra por palabra.
El joven levantó el rostro
intrigado, y el hombre, adoptando un aire
grave, dijo:
—El buscador sincero y
tenaz siempre recibe ayuda. Y es el mismo
Dios, el Ser, el que da las claves del
entendimiento a quien, desde lo profundo
de su alma, desea unirse a la grandiosa
danza de la Vida.
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