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Fragmento
Tras unos instantes de callados sollozos, el
pequeño asomó desde el pecho de Águila Blanca.
Levantó la cabeza y, clavando sus ojos anegados
en los ojos del Anciano, le
dijo:
—No entiendo el Camino por la Tierra, Águila
Blanca, no entiendo qué es la vida. ¿Por qué
tanto dolor? ¿Por qué tiene que existir la
muerte? ¿Para qué vivir —preguntó entre hipos—
si al final todos se mueren?
Águila Blanca apretó los labios, conmovido.
Preguntas similares se las había hecho él, se
las había hecho todo el mundo, cuando había
tenido que enfrentarse al implacable misterio
de la muerte.
—Manos Que Hablan te lo ha explicado ya
—respondió el Anciano—. Sin la noche, el día
sería insufrible. Sin el día, la noche nos
destruiría. Día y noche son necesarios, se dan
uno a otro lo que les falta por sí solos, y
juntos forman un Día.
»También vida y muerte son necesarias
—continuó—, y se dan una a otra lo que les
falta por sí solas… y juntas forman la
Vida».
Águila Blanca cerró los ojos, como buscando las
palabras en su pecho. ¿Cómo explicar con
palabras las luces, las brumas y las sombras
del Gran Misterio, cuando el Gran Misterio
nunca se expresa con palabras?
—La alegría y el llanto, el placer y el
sufrimiento, el bien y el mal, la abundancia y
la escasez, la esperanza y la desesperación
—dijo al fin—, son como las dos caras de las
hojas de los árboles, que no puede existir una
sin la otra. Es así. Siempre ha sido así. Y es
bueno que sea así, porque todo junto se
convierte en Vida. Vida grande y plena,
dolorosa y alegre, tediosa y excitante,
terrible y maravillosa a la vez, pero intensa,
profunda… ¡hermosa! —dijo Águila Blanca con un
suspiro y un fulgor plateado en los
ojos».
Pequeño Dedo sintió en su corazón las palabras
de Águila Blanca. Las palabras, en sí, no las
entendía del todo bien; pero en su corazón era
capaz de entender su significado.
—La respuesta a las preguntas que te haces las
tienes al alcance de tu mano, pequeño guerrero
—continuó Águila Blanca en voz muy baja—,
porque las respuestas a nuestras preguntas
siempre están a nuestro alrededor.
—¿Dónde? —preguntó el niño en un
suspiro.
—En los árboles, en los animales, en el agua,
en el aire, en la piedras, en la luz del sol y
de la luna, en la gente que te rodea, en tu
piel, en tus manos…
Y añadió en un susurro:
—…y en tus lágrimas.
El niño no pudo evitar una frágil expresión de
asombro.
—¿En mis lágrimas?
—Sí —afirmó el Anciano levantando las cejas—.
En tus lágrimas.
—No entiendo.
(...)
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