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No sé por qué estas palabras suenan tan extrañas en los oídos del hombre
blanco. Quizás sea porque el hombre blanco escucha con la cabeza, y no con el
corazón.
Pero sabemos algo que nos legaron nuestros Antepasados.
Sabemos que una nueva raza de guerreros ha nacido ya. Es una raza de hombres y mujeres de
todos los colores que entienden mis palabras. Llegan desde los cuatro vientos, y se han
negado a caminar por los viejos caminos del hombre blanco.
Les he visto ir a la batalla sin armas, pues para ellos la vida es sagrada y no quieren herir
a quienes se les enfrentan. Han abandonado los machetes para empuñar flores silvestres, y han
vendido sus rifles para dar de comer a sus hermanos.
He visto sus caras pintadas con las pinturas del coraje y la compasión, y sus escudos
decorados con los signos medicinales de la honestidad y la rectitud.
Les he visto cabalgar con sus cabellos al viento, sabiendo que su libertad no nace de leyes
ni tratados, sino de su propio corazón.
Vienen a defender ríos y mares, bosques, valles lagos y desiertos. Vienen a defender a los
animales, a las plantas y a los árboles; y a los niños, las mujeres, los hombres y los
ancianos de todos los pueblos, y aun a los niños que todavía no han nacido, pues llegan para
fundar una nueva tribu de todos los colores, en una nueva Tierra donde, por fin, seamos en
verdad hermanos.
Gran Jefe Blanco, las palabras de Seattle son como las estrellas que nunca se
ponen. Puede confiar en ellas tanto como pueda confiar en el regreso de las estaciones: los
días de la oscuridad y de los caminos tortuosos están contados.
El águila ha vuelto.
Termina la supervivencia… y vuelve la vida.
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